La ópera data de comienzos del
siglo XVII. En esta ocasión, no vamos a remontarnos tanto, además de que el
origen del género merece una entrada aparte que le dedicaré más adelante. De lo
que voy a tratar es de analizar la evolución de la ópera en su conjunto, desde
que tenemos memoria o desde que tenemos documentos gráficos, mejor dicho. Voces,
escenografía y decorados, teatralidad, todo será valorado, en primera instancia
individualmente y luego globalmente para tener una visión de conjunto y saber de
dónde venimos y a dónde vamos.
Tengo que confesar que la
inspiración para este post me vino al ver al bueno de Plácido Domingo tumbado
en el suelo cantando el Nabucco del MET. También al leer alguna crítica
negativa sobre la sucinta escenografía del último Così fan tutte de la Ópera de París. En cualquier caso, soy contrario a la rotundidad de la afirmación
de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Cada época tiene sus características
y deben ser ponderadas según las circunstancias y el contexto del momento sin
negar que la evolución es lo que nos hace crecer.
En nuestros días, se ha instaurado
la creencia, más o menos fundamentada, de que las voces de los artistas
actuales no están a la altura de los que les precedieron. Hay aspectos
subjetivos cuyas valoraciones son difíciles de discutir y argumentar, pero en
cambio, otros como la voz, son más propensos a ser objeto de juicios imparciales.
Parámetros como el timbre, la potencia, el color, etc., son susceptibles de ser
medidos y comparados. Quizás actualmente no contemos con voces legendarias y
cantantes que han escrito sus nombres con letras de oro en la historia de la
ópera. Maria Callas, Enrico Caruso, Joan Sutherland, Luciano Pavarotti, por
nombrar algunos de los ya fallecidos, nos han dejado muchas de las mejores
interpretaciones vocales que se conocen y que podemos seguir disfrutando
gracias a las grabaciones de audio y vídeo. Esto no quita que actualmente
tengamos cantantes de primer nivel que solo el paso del tiempo pondrá en su
lugar. Además resulta injusto y desequilibrado citar una lista de grandes
talentos vocales de los últimos cincuenta años y compararlos con los de la
década actual.
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| Montserrat Caballé y Luciano Pavarotti - Andrea Chénier |
Analizado el tema de la voz y
admitiendo que esas grandes voces ya se apagaron, voy a decir, sin miedo a
equivocarme, que en todo lo demás la ópera ha mejorado y crecido
exponencialmente. La actitud pasiva de los intérpretes cantando de cara al
público como pasmarotes se acabó. La interpretación en el sentido más amplio
del término y la teatralidad son, hoy en día, un vehículo fundamental para
dotar de veracidad a la obra. Antes mencioné a Plácido Domingo cantando tumbado
en el suelo, como un claro ejemplo, siendo un artista bisagra entre el pasado y
el presente, de lo que se le exige hoy en día a los cantantes. Ya no vale con
dar las notas y hacerlo con solvencia, hacer el personaje tuyo hasta las
últimas consecuencias te lleva a interactuar con el entorno y el resto del
reparto. Besarse, cantar tumbado, colgado, saltar, correr y hasta desnudarse, son
requisitos frecuentes en las producciones actuales. Sin duda, todo ello
contribuye, dentro de la convención que supone cualquier representación, a que
nos sumerjamos por completo en la obra.
Si hablamos de la escenografía y
decorados, tres cuartos de lo mismo. La evolución de los escenarios, a mi
juicio, ha sufrido un efecto boomerang. Hubo una trayectoria de ida y ahora
estamos en la de vuelta, me explico. En los comienzos, por la precariedad
tecnológica, abundaban los escenarios despoblados y los papeles pintados. Lo
mismo desplegaban un rollo con un fondo de las pirámides de Egipto que otro con
un castillo medieval, algunos con sorprendente profundidad. Los cantantes
deambulaban por el escenario, los que lo hacían, con alguna espada de plástico
en la mano y sin elementos con los que interactuar. El tiempo pasó y, poco a
poco, los escenarios fueron ganando importancia como elemento canalizador de la
narración. Templos, palacios, escalinatas, columnas, recreación de ciudades,
todo cartón piedra, vale, pero perfectamente creíbles. Esta escenografía
profusa tuvo su máxima expresión con Franco Zeffirelli como podemos ver en la
siguiente imagen.
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| Aida de Verdi - Producción de Franco Zeffirelli |
Llegados a ese nivel de detalle y
despliegue de recursos, el boomerang emprendió su camino de regreso. Ya
sabíamos lo que éramos capaces de hacer, había quedado constancia de ello y ya
no era necesario reproducir lo que ya no admitía más nivel de especificación. Ahora
había que contar lo mismo pero de otra forma. Surgen las escenografías más
espartanas. Sobriedad consentida para aportar algo novedoso a lo visto hasta el
momento. Esta tendencia no está exenta de críticas por el público más conservador,
que considera herejía algunas propuestas escénicas más transgresoras. En
descargo de ese sector más rígido del público, he de decir que en ocasiones
hemos presenciado la tiranía de los directores de escena, tanto por lo
despiadado de las exigencias a los cantantes como por lo ridículo de algunas
aportaciones escénicas. Aún así, considero muy saludable para el género esos
nuevos puntos de vista a la hora de contar una historia contada tantas veces.
Si la propuesta, aun con traslaciones temporales, de corte moderno o
minimalista, cambiando elementos como espadas por paraguas, haciendo uso de
proyecciones, etc., funciona y está argumentada, hay que ponerla en valor pues
está aportando matices y enfocando la obra desde una perspectiva no explorada
anteriormente.
Como alegato final pediría que
tengamos altura de miras, condenemos por supuesto las tomaduras de pelo y
bufonerías, pero no seamos reacios a las nuevas propuestas, a los soplos de
aire fresco. Hay muchos artistas, cada vez más directores de escena provienen
del mundo del cine, con mucho que aportar y nuevas ideas para reformular esas
obras que tanto nos gustan. Como, el director y guionista de cine austriaco,
Michael Haneke, que presentó en el Teatro Real de Madrid en 2013 su particular
versión de Così fan tutte de Mozart.
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| Così fan tutte de Mozart - Producción de Michael Haneke |
Recapitulando todo lo anterior,
estamos en disposición de afirmar que la ópera ha evolucionado y en conjunto, a
mucho mejor. Ahora se nos presenta como un espectáculo más completo, más
comprometido, más atractivo y, en definitiva, más veraz. Goza de buena salud y
debemos felicitarnos por ello.


